Llegamos al Morocho que tiene dos ambientes absolutamente diferenciados. Uno, el de abajo, tradicional y bullicioso bar de pueblo con menús y tapas a un precio más que asequible y otra zona, la de arriba, con un comedor de una amplia, diáfana, cálida, cómoda y luminosa sala con una decoración que respira blanco que te transporta a un restaurante de gran ciudad. Sólo alguna mosca -de pueblo- y el pan -también de pueblo (gracias a Dios)- te devuelven a la realidad.
Carta amplísima con omnipresencia de aceites a lo largo y ancho de la misma. Pedimos ayuda al maître, que remolonea, pero finalmente lo hace y mientras sí y mientras no abrimos boca con una tapita de salmorejo demasiado espeso y por si fuera poco bien acompañado de jamón y huevo duro y por supuesto la tapa reina de la casa "EL TOBALITO", en honor al maestro y gran herrero artesano que queda en Estepa, D. Jesús "TOVALES", exquisita, no la describo y ustedes mismos acerquense para adivinarla.
Continuamos con unas mollejas de pato con rebozuelos, para robar... para robar las mollejas; para robar la cazuelita imitando las de latón antiguas y para robar más pan de la cocina y seguir mojando la salsa que las acompaña.
Ahora aparece el muy recomendado revuelto de algas con berberechos y gambas. El sabor de las algas le dan personalidad a un revuelto que podríamos haber disfrutado si el huevo hubiera estado menos tiempo en el fuego.
Mientras nos dejamos estresar un poco por la actividad del maître que, literalmente, no para, nos abren una botella de Biga que «está saliendo muy bueno» y que nos descorchan y sirven sin obligarnos a probar, oler, mirar y oír... gracias!
Llegan unas braseadas chuletas de cordero a la brasa, brasa. Saben y están hechas con maestría. Y terminamos con uno de los muchos bacalaos que sirven (marinado en salsa de tomate, al pil-pil...) y nos decantamos por un bacalao confitado con un toque de aceite que , aún estando sabroso, más que un toque, nadaba en un mar de aceite, gambas y pimientos.
El postre, una mousse de chocolate que no merecía llamarse «casera».
El Morocho es un buen restaurante a medio camino entre uno de pueblo y de ciudad, entre comida de productos locales y elaborada, entre precios de aquí y de allá... y es sin duda la elección para quien, aprovechando una visita a la Campiña sevillana, desee hacer un exquisito alto en el camino.










